Cristalina

Los tambores retumban en el bosque muy adentro del tórax, bum bum pan pan, es temprano para estar fuera de las cobijas, sintiendo ya la emoción del día con ritmo de beat africano. Cierro los ojos, respiro profundo y siento el aroma del café que ya se cuece en la cocina.

Aún con el pelo húmedo comenzamos a dar pasos rápidos y luego lentos mientras caminamos por el sendero que está lleno de pequeñas flores silvestres como las que solía detallar mi padre en nuestras caminadas montunas, el sol aunque débil ya se cuela por entre los árboles. Nos agarramos de la mano para no caer cuando el suelo está liso, los perros que nos acompañan ladran de vez en cuando saludando a lo lejos, a otros que también les dan la bienvenida y llevan el pelo húmedo de rozar el rocío de las plantas bajitas del camino. 

Respiramos hondo hasta los pulmones, el aire es fresco un poco frío, madrugamos a recibir el alba juntas, con los tenis puestos, con el agua en el morral y con sed de aventura. Soledad, ven acá mira este pájaro ardilla, acaba de abrir sus alas coloreando la rama de ese Urapán. Nos sentamos bajo su escasa sombra pero su majestuosa altura, esas ramas fuertes, altas y elegantes que contemplan los coros de las aves que conversan tempranito en la mañana.

En la intimidad de ese bosque, bajo los cantos de ese coro matutino de pájaros y esas ramas esbeltas, lejos de las carreteras rurales concurridas de autos que llevan las verduras a las plazas. Nos miramos fijamente a los ojos, ese reflejo de ausencias, de temporadas en silencio y otras de risas y de movimiento. Nos abrazamos con los ojos hasta lo profundo de la garganta y nos besamos con amor, con ese que lo lanza a uno al vacío. 

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