La sala de las expectativas de la vida.
Al ladito, justo al lado, en la silla, respira una mujer, a veces profundo, a veces rápido y otras tantas suspira.
Aquí en la sala de espera de las expectativas de la vida, las revistas de farándula son las que los visitantes más leen, o mejor ojean. Otros traen sus propios libros y los van leyendo de a poco, cada vez menos logran leer varias páginas de corrido, y a algunos tantos los he visto devolverse a la página o el párrafo anterior.
Cuando abren las ventanas para que entre luz, y el aire le dé ritmo a la burbujas de pensamientos sueltos que van emanando las personas de la sala, a veces se entra uno que otro pájaro. Hay una planta esquinera, al parecer esa les llama mucho la atención, me hago a la idea que están enamorados de sus hojas en formas de corazón, y van y le picotean esas pequitas rosas y blancas que colorean cada una de las hojas con diseños caprichosos.
Sentada en una silla con estética de butaco de colegio fabricado en tubería metálica con respaldar, solo que modernizado y acolchado con telas que cambian de color al contacto de la piel del susodicho y del humor o el genio interno con el que se encuentre en el día, observo entrar y salir gente de la sala.
Algunos han venido de muy lejos, incluso de otras galaxias, aunque todos parecen humanos camuflados, la forma en que miran y respiran los delata. Unos visten lentes oscuros, incluso cuando las ventanas están cerradas, pienso que no quieren ser descubiertos, aunque la tela de las sillas los delata. Otros están más concentrados en los pájaros y los besitos que le dan a las plantas del fondo… Otros esperan, mirando pal techo y como flotando en una ola de mar.
En la sala de las expectativas de la vida, el sinsonte es el compositor de la banda sonora de fondo, y de frente, con su gran habilidad para imitar los sonidos de otras especies, camufla la realidad del ambiente en múltiples planos de realidades sensoriales. No solo es el artífice del engaño, si no que nos da la libertad de engañarnos a nosotros mismos, que confundidos, pensamos que hablamos con un elefante cuando en realidad es un sapo, o una lagartija. Sentimos que el café es más ameno cuando la señora de la recepción de la sala nos saluda antes de servirlo, cuando en realidad lo que estaba era regañando por entrar destinado agua con la sombrilla en mano.
Lo cierto es que todas esas personas de la sala esperan algo, o a alguien. Aunque muchos no saben ni qué. Lo que sí es evidente es que la planta esquinera tiene claro que cada vez que abren las ventanas, van a venir los pájaros con su rosario de besos, y digo besos, porque a pesar de que las hojas reciben picotazos, se mantienen intactas, el duro pico de las aves no las perfora ni las traspasa. Parece ser un juego superficial, un caricia ligera que las hace mover como a veces con el viento.
Por fin la puerta principal de la sala de espera se abre, y no, no es la puerta de entrada, es la puerta de las preguntas, ese salón que tiene dos estados, con luz, o sin ella, y la luz se prende o se apaga al libre albedrío de los pacientes que ingresan. Y digo pacientes, porque la palabra viene del latín patiens que viene de padecer o aguantar. Y es que en esta sala, al parecer, la gente no vive, aguanta, padece la vida como si estuviera enfermo de ella. Se les nota en como se distraen en pensamientos mientras hacen gestos de desaprobación con las comisuras de la boca, también zapatean involuntariamente el piso, y cuando sorben el café, reniegan.
Cuando la puerta de las preguntas se abre. Más o menos el 80% de las personas en la sala, prefieren ver al techo, o por la ventana. Otros se miran entre ellos con una pregunta tácita de: ¿vas primero tu? o ¿voy primero yo? Los que traen sus propios libros para leer en la sala, son los que más entran y salen del salón con mayor frecuencia y luego salen al jardín, que también le dicen la sala de entrenamiento. Ellos parecen más jóvenes, incluso tienen cuerpos más esbeltos o tonificados. Cuando quitan la mirada de las páginas de sus libros, le clavan una mirada felina a algún miembro de la sala que los escruta, la mayoría de las veces lo hacen de forma distraída. Y cuando la mirada felina les penetra las viseras, es cuestión de segundos para que el techo, como imán les distraiga de nuevos el panorama.
La sala de las preguntas, entre luz y oscuridad, tiene algunas reglas: la primera, es que las preguntas pueden hacerse en voz alta, la sala está insonorizada, así que solo las escucharas tú mismo. También, se pueden hacer mentalmente, pero siempre deben traducirse a viva voz, porque la mente es truculenta, y si no las escuchas de tu voz, tu cerebro no se las responderá y el ejercicio queda incompleto, por lo que no tendrás chance de disfrutar del jardín de entrenamiento. Los que nunca pasan al jardín viven atrapados para siempre en la sala. Mientras que los que pasan de la sala al jardín, regresan, y completan el círculo del solsticio o del ouroborus, disfrutan del aire puro del jardín, del concierto de aves multicolor, o en tonalidades que se camuflan en los árboles, del agua fresca del arrollo y el ambiente cálido y la libertad de dar paseos por el bosque, también son privilegios para los que acceden al jardín.
Y cuando en el jardín llueve, se puede sacar la sombrilla de la mochila, y esperar a que escampe, pero, si la lluvia sube pierna arriba, tienes que regresar a la sala de las expectivas, recibir la taza de café a regañadientes, encharcar el piso y esperar el turno para regresar al salón de las preguntas.
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