Mi tierrita querida
De lejos, la vida de la ciudad es impenetrable, la mente da vueltas sin paz, los pitos, los vendedores ambulantes, el humo de los carros y las máquinas mentales reproduciendo viciados pensamientos me ahogan.
Desde la ventana el ruido ensordecedor se hace uno solo en la maraña de hojas y polvo que empuja el viento dentro de la casa. Ya no sé qué hora es, no quiero saber. Tampoco quiero enterarme de las galimatías de la agenda de responsabilidades que me hace ojos desde el escritorio.
Me detengo en el pasillo y decido preparar un café, que me lleve a ese entonces cuando era niña y me entretenía en las camas móviles del beneficiadero, aquellas en las que en las fincas se secaba en grano al sol. Agarrábamos los rastrillos de madera y volteamos el grano que sonaba al contacto como pequeñitas panderetas, las cáscaras sueltas y duras se pegaban de las plantas de los pies y éramos unos niños felices.
El sonido de la Moka devuelve mi espíritu flotante que se había quedado suspendido en el pasado, qué lástima, allá me quería quedar, extingo el fuego de un salto, no quiero echar a perder el café, esta bebida que aunque amarga me transporta a los momentos más dulces de mi vida en lo que de visita en visita a las tierras cafeteras, conocí los palos de zapote, el dulce de cidra, el limón pajarito, y la mafafa...
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