La cotidianidad, la fatalidad y dos camándulas.
El domingo atraviesa la calle con sus notables estragos, de pie sobre la acera, veo pasar los transeúntes con ropas suelticas, casi como piyamas. El letargo de la tarde no se hace esperar y como siempre hacia las cuatro de la tarde el viento sopla al centro de la ciudad. Cruzo la calle, dos señoras mayores bien peinadas, perfumadas, con saquito y faldas bajo las rodillas, aceleran el paso, van a la iglesia, típico plan dominguero para la tercera edad, se ajustan las gafas casi al mismo tiempo como si fueran gemelas, sus hombros caídos me hacen pensar que a esa edad hay que rezar mucho, sobre todo cuando se ha dedicado la vida a la petulancia, doña Martha y doña Cecilia, nunca saludan y han dedicado una vida entera a venderle a los estudiantes del barrio todos los adminículos de papelería que necesitan para sus tareas y sus actividades de la universidad, por demás, han despotricado de cuanto peinado, cuanta pinta y desgracia de las vidas ajenas de conocidos y desconocidos, ojalá y Jesús les haga algún favor en la eucaristía.
Sigo de largo por la vía tratando de alcanzar con celeridad la acera del frente, el olor a químicos y alquitrán penetran lo profundo de mi piel, saludo a don Julio, toda una vida calmando la tos y los refriados de todos, le regalo una sonrisa generosa y unas felicitaciones por el reciente grado de su hijo, él asegurará la continuidad del negocio, es el nuevo regente de farmacia de la vecindad, dos, tres pasos más, recuerdo que debo dejar las llaves de la casa de don Jorge en su portería, los gatos ya quedaron con la comida servida, el agua puesta en el tazón, las ventanas cerradas, mañana ya regresa su papá y debo asegurarme de que pueda ingresar a su casa. La acera está llena de material de construcción, piso una piedra puntiaguda que me rompe la suela del zapato, escucho un frenazo, es fuerte, como de un bus, escucho el grito de doña Cecilia, giro la cabeza y veo a don Julio atravesar la vía estrepitosamente.
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