El Túnel, Ernesto y María Iribarne
La obra exhibida en las vitrinas de la vida vestía de múltiples colores para camuflase, a veces la paleta de azules era lo suyo, en otras las flores sobre fondo negros o rojos. Esta obra tan viva como el mismísimo retrato de Dorian Gray aprendió a camuflar sus excentricidades. Calificadas así, claro, por los estándares sociales de conocidos y comunes compañeros de colegio y años después, del trabajo.
En sus inicios vestida de texturas de lana, desfiló por pasarelas, largos pasillos negros, en los que dominó el arte de elevarse del suelo posada en puntillas, luego se camufló entre las artes escénicas y afinó su camuflaje construyendo personajes llenos de cojeras nuevas y ademanes con el propósito exclusivo de correr el papel en el acto.
Como la pintura de Juan Pablo Castel, nuestra obra en cuestión, aprendió que esas miradas interesadas no veían más que colores y texturas llamativamente decorativas, perfectas para decorar el sofá de una sala, o la silla de una camioneta. Pero tú señor anfibio, tus ojos, son como los de María Iribarne entrenada para navegar en el mar de colores escrutando el círculo cromático, describiendo formas, valaduras y sinuosidades que estaban más allá de lo evidente.
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